La hermosa Tánger

Natural de Marruecos, nací en una familia musulmana muy devota. Desde muy pequeña me educaron en la más pura tradición islámica. Desde mi adolescencia, mi deseo más preciado era ser una buena musulmana, una mujer ejemplar a los ojos de Alá. Rechazaba todo lo que tuviera relación con judíos y cristianos; la mera visión de una cruz me exasperaba.

A los 16 años conocí en el instituto a mi actual marido, quien me habló de Jesucristo y me dio a leer el evangelio de Juan. Yo era muy recelosa y muy reacia, pero sentía algo por aquel chico, así que acepté aquel ejemplar del Evangelio y decidí leerlo en secreto, por supuesto, porque, si mis padres descubrían mi lectura, me exponía a severas amonestaciones. La lectura del primer capítulo me atravesó el corazón. En un instante supe que la Biblia era la Palabra de Dios y que Jesús era la verdad. Fue una verdadera conmoción para mí, una persona tan opuesta a todo lo espiritual que no perteneciera al islam. Entendí una cosa con mucha precisión: Dios ama a todos los seres humanos sin excepción.

Seguí descubriendo más cosas. Por ejemplo, leí un calendario con versículos bíblicos en los que se decía que podíamos hablar con Dios como con un Padre. Empecé a experimentarlo: cada noche, antes de dormir, hablaba con Dios sencillamente y sentía con certeza que Su presencia inundaba mi corazón. Antes, cuando rezaba a Alá, no sentía nada más que un vacío. Esta es otra experiencia que me impactó de verdad.

Pasó el tiempo, y tuve la certeza de que Jesucristo es el Hijo de Dios y de que la Biblia es la verdad; sin embargo, todavía no había entendido realmente el significado del sacrificio de Jesús en la cruz, ni había experimentado el perdón de mis pecados.

Una noche, cuando volvía a casa, descubrí a mi madre postrada en mi habitación: acababa de enterarse, por una llamada anónima, de que salía con un chico francés y que no era musulmán. Fue un verdadero golpe para ella y para mí. Lloré y sufrí durante muchos días. Incluso pensé en dejar de leer la Biblia, en dejar de tener comunión con Dios. Para mí todo había terminado, incluso mi relación con aquel chico.

Sin embargo, no había contado con la voluntad de Dios de ayudarme. El lunes siguiente, su padre llamó a mis padres para reunirse con ellos. Durante su reunión recé con todo mi corazón, y Dios me respondió con su bondad, pues mi madre volvió a hablar conmigo sobre el matrimonio; yo estaba muy feliz, a pesar de mi corta edad (18 años).

Así que nos casamos, y eso es un verdadero milagro si se conoce la religión musulmana. Pero el milagro se produjo. Nuestros corazones no estaban verdaderamente apegados a Dios. Orábamos por la noche, pero no frecuentábamos ninguna iglesia. No teníamos comunión con ningún hermano o hermana cristianos, y seguía sin haber un verdadero arrepentimiento por nuestros pecados. Por eso, el Enemigo de nuestra alma sembró problemas entre nosotros como pareja, y yo quería el divorcio. Mi marido y yo sabíamos que el divorcio no agradaría a Dios, así que nos pusimos en contacto con una iglesia evangélica. Mi marido empezó a ir a las reuniones, pero yo no quería. Entonces, un día, Dios en su bondad me condujo a aquella casa de oración. Fue entonces cuando realmente me arrepentí de mis pecados, y ese fue el verdadero comienzo de mi vida con el Señor Jesús.

Después nos bautizamos y me sentí muy feliz de conocer la verdad y seguir a Jesús. En retrospectiva, me doy cuenta de lo grande que es nuestro Dios, de cómo nos ama y de que su voluntad es que nos salvemos. Nunca me abandonó. Gracias, Señor.


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