Testimonio de “Elías”
Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén (Romanos 11:36)
Introducción
Nací en un país árabe, el hijo mayor de una familia muy unida y con lazos fuertes de amor entre ellos. Mis padres se esforzaban siempre en garantizar una vida tranquila y estable para sus hijos. Mi padre tuvo muy buen trabajo durante toda su vida que nos permitió un buen nivel económico.
Mis padres siempre nos motivaban a estudiar y terminar la carrera. Tengo dos hermanos con buenos estudios y buenos puestos de trabajo. Empecé mi carrera en una empresa internacional y tenía muchos contactos con extranjeros, hasta que un día conocí a mi mujer actual. Es extranjera y trabajaba en la misma empresa.
Familia egipcia con raíz musulmana
Nací en una familia musulmana. Toda la educación en casa como la enseñanza en el colegio era de base musulmana. De cinco años a diez años de edad iba a un colegio musulmán muy estricto, con los niños separados de las niñas y únicamente con profesoras mujeres, que llevaban burka y nunca vimos sus caras.
Con diez años ya conocí el Corán de memoria. Mi extra escolar era clase de religión en la mezquita que estaba al lado de casa. Mi padre era y sigue siendo un musulmán muy practicando y da mucho más de lo que la religión le pide: si la religión le pide rezar en casa, él va a la mezquita. Si tiene que hacer la peregrinación una vez en la vida, él lo ha hecho tres veces. Si hay que hacer el ayuno del Ramadán 30 días, él hace 37 días. Si hay que sacrificar un cordero en la fiesta del sacrificio, él sacrifica una ternera. Mi padre cumplió lo que enseña el islam de cómo educar los hijos. El Corán dice que hay que enseñarlos como rezar hasta que los hijos cumplen siete años, y de siete a catorce años castigarlos y pegarlos si no cumplen. Mi padre nos castigaba duramente si no cumplíamos con los mandamientos musulmanes, especialmente rezar cinco veces al día. Yo cumplía lo que podía. No era muy practicante como mi padre, pero creyente. Rezaba de vez en cuando. Una etapa cumplía las cinco veces al día y otro tiempo no, pero si, cumplía con el ayuno, la limosna, el sacrificio del cordero y mucho más.
Mi etapa profesional
Esos años tenía la vida que deseaba tener cualquier joven en mi país. Tenía una profesión de prestigio, ganaba 5 veces más que el promedio de sueldos, vivía viajando, y hacía vida de soltero, hasta que conocí a mi esposa, M.
Matrimonio y cambio de ruta
Solamente después de tres o cuatro meses decidimos casarnos con condiciones muy estrictas que puse para el matrimonio, entre ellos:
– M contó que su familia era cristiana, pero ella no era practicante. Pues mi condición era esa, que siguiera así, no practicante.
– Que mis hijos fueran musulmanes.
– Que yo jamás entraría en una iglesia.
Mi esposa aceptó todas mis condiciones, nos casamos y empezó una nueva vida con importantes cambios.
La transformación de mi mujer
Nació nuestra hija después un año de matrimonio. Dos años después de casarnos mi mujer pasó por una depresión importante, pero yo empezaba a notar cambios importantes en su comportamiento. Escuchaba mensajes cristianos y música cristiana y empezó a orar. Con todos estos cambios, empezaron las discusiones. La acusé de engañarme y de no cumplir mis condiciones de matrimonio. Pasaron unos años de discusión y desacuerdo en casa y mucho malestar. Intentaba de vez en cuando hacerla feliz, porque me sentí responsable de su soledad viviendo en mi país de origen. Alguna vez veía una predica (una enseñanza cristiana) con ella. Me pidió un día llevarla a una iglesia egipcia y traducirla el sermón. Aunque al principio rechacé redondamente, pero al final para hacerla feliz, la llevé a la iglesia y le traduje todo.
En un viaje de trabajo conocí a dos mujeres cristianas. Tuve que trabajar en un proyecto con ellas durante una semana. Eran muy agradables. Una de ellas me dijo que en mi país correría sangre en las calles y que yo saldría del país, pero que Dios tenía preparada para mí una salvación muy grande y estaría muy firme en los caminos del Señor.
La tenía por loca esa mujer. Yo era musulmán, nunca sería cristiano tampoco abandonaría mi país. Pero con la primavera árabe vino un giro brutal a nuestras vidas: caos en las calles, desorden, robos, muertos. Abrieron las cárceles y las calles se llenaron de presos en fuga.
Ese día yo estaba de viaje y por las dificultades de los medios de transporte, tardé tres días en volver a casa. Mi esposa había decidido regresar a España para siempre con nuestra hija y me quedé solo.
De un día a otro, perdí mi trabajo, mi mujer y mi hija, pero lo tenía claro, nunca viviría en España.
Me voy al extranjero
Era claro para nosotros dos que el matrimonio había llegado a su fin. Mi mujer era cada vez más cristiana, escuchando más mensajes cristianos y haciendo más oración. Yo no iba a vivir fuera de mi país. Cada uno esperaba que el otro pidiera el divorcio, pero yo no lo pedía y ella tampoco. No aguantaba estar lejos de mi mujer y mi hija. Entonces puse una nueva condición para que fuera a vivir en España: que mi mujer podría hacer a la iglesia todo lo que quisiera, pero mi hija no podía ir. Mi esposa aceptó mi condición, cogí mis maletas y viajé a España.
Fueron meses muy difíciles para adaptarme a vivir fuera de mi país. Varias veces estaba a punto de rendirme y regresar a mi país. Mi mujer se agarró más a su fe y yo nada menos que ella, me agarré cada vez más a la mía. Ella iba a la iglesia y yo a la mezquita. Pero noté algo diferente en su fe. Estaba feliz de ir a la iglesia, con una alegría que nunca había visto igual. Su fe era real pero la mía era una reacción a la suya. Me di cuenta que tenía envidia de su fe. Además, ella tenía amor hacia los demás, era obediente, nunca mentía, amaba a su familia, todo lo que hacía era bueno.
Mi primer contacto con el evangelio
Mi mujer me regaló una Biblia en árabe, pero no estaba interesado en leerla. Insistió mi mujer en ver la película de la pasión de Cristo, y la vi con ella. Me dejó muy marcado y me hizo pensar mucho.
La acompañaba de vez en cuando a su iglesia para hacerla feliz, pero iba realmente para criticar las predicas e intentar mostrarle que todo era mentira.
Un día decidí leer la Biblia a escondidas. Me gustó como libro de historia y de buena enseñanza. Hasta un día que me tocó leer el Sermón del Monte. Fue un golpe muy fuerte a mi mente, mi pensar, mi forma de vivir, el concepto de Dios que tenía, el concepto de la religión y la relación con Dios. Todo eso que me enseñaron antes sobre Dios, el sermón del monte lo tiró por el suelo. Todo era diferente. Jesús dice bienaventurados los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, pero para mí no era así. Me habían enseñado bienaventurados los fuertes, los poderosos, los que matan para defender a Dios, los que dan su vida para el islam y los que crucifican los infieles. ¿Como puede decir Jesús que hay que amar a los enemigos, bendecirlos y orar por ellos? ¡Eso fue una locura! Pasé unos quince días con una lucha interna. Apenas dormí. Fue muy difícil. Me habían enseñado que Dios uno es, el Dios de los judíos, los cristianos y los musulmanes. Que es el mismo Dios del Torá, de la Biblia y del Corán. Pero eso no es verdad, porque un Dios que manda a amar a nuestros enemigos, bendecirlos, el Dios que dice deja tu ofrenda y reconcíliate con tu hermano, no resistáis al malo, vuélvele la otra mejilla no es el mismo Dios del Corán que dice persigue los infieles, mátalos y crucifícalos.
El sueño del cordero
Una de esas noches turbulentas, tuve un sueño que estaba solo en casa y entró un cordero grande, precioso y muy blanco como la nieve. Me perseguía en toda la casa, lo rechazaba y lo empujaba, pero me perseguía igualmente porque solo quería tocarme, pero yo lo rechazaba todo el tiempo. No di importancia al sueño hasta que leí en la Biblia el versículo: Al siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: «¡Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! (Juan 1:29)
Después de un año de lucha interior, tomé la decisión de seguir a Cristo, sin estar muy convencido ni tener mucha fe.
La palabra confronta el pecado en mí
Siempre pensaba que era buena persona, pero aprendiendo la Palabra (es decir, la Biblia), teniendo tiempos de oración en intimidad con Dios, la Palabra confrontó el pecado en mi. Descubrí lo malo que era y la maldad que tenía en mi corazón, descubrí que no había solución para mis pecados, solamente Jesús y su sangre es la solución. Lloré arrepentido y lamentando años que había estado lejos de Jesús. Sentí el amor de Dios como nunca antes.
Ahora llevo seis años siguiendo a Jesús, agradecido a él porque me llamó, porque me salvó y me dio una nueva vida en él. No soy la misma persona que antes. Soy nueva persona en Cristo. Ahora pienso completamente diferente. El Señor ha restaurado mi mente y mi carácter.
Mis amigos que me conocen desde hace años me dicen que no soy el mismo. Mi mujer me dice que hasta tengo mirada diferente y mi madre cuando la diagnosticaron con cáncer, me dijo por teléfono que el único sitio donde quiere estar es en mi casa, porque en mi casa y con mi familia siente mucha paz.
No he sido yo, ha sido Cristo en mí. Pido a Dios que me transforme más y más a la imagen de Cristo.
Al final entiendo esta gran verdad: El evangelio no es una religión, es una relación verdadera y real con Dios.
GLORIA A DIOS PARA SIEMPRE
