Muchos dicen a los cristianos: “Mientras sepas que vas al paraíso, puedes hacer lo que quieras, al fin y al cabo, pase lo que pase, tienes el cielo garantizado.”

La Biblia responde así: “¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?” (Injil, Romanos 6:1-2).

La muerte y resurrección de Cristo son la culminación del plan perfecto de Dios en su deseo de salvar a los pecadores y liberarlos, no sólo de la pena del pecado, sino también del poder y la práctica del pecado; de la esclavitud del pecado.

La Biblia nos enseña que tan pronto como un pecador pone toda su confianza en Cristo, recibiéndolo como Señor y Salvador, tienen lugar tres cosas importantes en su vida:

Es salvado (liberado) del castigo del pecado:
Dios perdona gratuitamente todos sus pecados. No olvidemos que Dios es santo, recto y justo. No puede simplemente olvidarse de nuestros pecados. Deben ser castigados. Las profecías del Antiguo Testamento y el Injil explican cómo Jesús asumió el castigo que merecemos. Él pagó el precio. Por eso un cristiano puede decir: “Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús” (Romanos 8:1).

En segundo lugar, es liberado del poder del pecado:
Dios, a través de su Espíritu Santo, viene a morar en esta persona y le da un corazón nuevo. A raíz de esto, posee una nueva y radical visión de la vida. Comienza a odiar el pecado, y el deseo de hacer lo que es bueno, verdadero y justo se convierte en el nuevo objetivo de su vida. “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! (2 Corintios 5:17). La Biblia también dice: “En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas” (Gálatas 5:22-23). Estas virtudes caracterizan, cada vez más, la vida de la persona que ha sido renovada en su corazón.

Finalmente, será liberado de la presencia del pecado:
Un día Jesús volverá para juzgar al mundo. Ese día castigará a todos los que le han rechazado, recompensará a todos los que han obedecido su llamada al arrepentimiento, han confiado en Él y, por tanto, han caminado por sus caminos de amor al Señor, a su pueblo, a su palabra, a sus propios vecinos e incluso a sus enemigos. Por fin los librará para siempre de la presencia del pecado.

Quien dice: “Tengo perdonados mis pecados, tengo garantizado el cielo, dejadme en paz y dejadme vivir como quiera”, demuestra con ello que no es cristiano, porque no manifiesta en su vida ninguna evidencia de la obra del Espíritu Santo.

Imagina que vas a una subasta. Ves algo que quieres en una caja de herramientas, pero no quieres el resto de las herramientas. Le dices al subastador: “Solo quiero esa llave inglesa”. Él responde: “Lo siento, tienes que pujar por todo o nada”. Eso es la salvación a través de Cristo. Muchos quieren el perdón, pero en realidad no quieren ser santos. Quieren a Cristo como Salvador, pero no como Señor y Rey. Pero Jesús no nos ofrece la salvación como si se tratase de “llévate esto o el otro”. Se trata de esto y lo otro. Ofrece la salvación del castigo y del poder del pecado. Él nos llama a arrepentirnos primero y luego a creer en su misericordia.

Cristo no ofrece ningún otro tipo de salvación.


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