“¿Quién dices que soy?”
Si Jesús te preguntara hoy: “¿Quién dices que soy?”, ¿cuál sería tu respuesta personal?
Tal vez responderías que es un gran maestro, un gran profeta. Jesús hizo la misma pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” (Mateo 16:13). Los discípulos respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que Jeremías o uno de los profetas” (Mateo 16:14).
Hoy, como ayer, hay quienes ven a Jesús como un mero maestro o profeta. De nuevo, Jesús preguntó a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15). A esto respondió el apóstol Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). Es como si Pedro dijera: “Es cierto que la gente dice que eres un profeta, pero para mí eres mucho más que un profeta. Eres el Hijo de Dios”. La respuesta de Jesús a Pedro es de suma importancia: “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo” (Mateo 16:17).
¿Fue Jesús profeta? ¡Claro que sí! ¿Era sólo un profeta? ¡No! Pedro confiesa aquí que está convencido de que Jesús es más que un profeta. La Biblia rebosa de pruebas de que Jesús es a la vez hombre y Dios. A lo largo de su vida, lo demostró por sus infinitos atributos y por el despliegue de características que pertenecen exclusivamente a Dios. Sólo él nos revela la verdadera naturaleza de Dios. Habló y actuó como sólo Dios puede hacerlo. Tomó para sí el nombre divino. Puede perdonar pecados y transformar vidas. Es uno con Dios en perfecta unidad. Puede hacerlo todo, conoce todas las cosas, es justo y recto. Es el único que ha vivido sin pecado. El Corán da testimonio de su naturaleza sin pecado (Sura de María 19). Recuerda los muchos milagros que hizo: resucitó a los muertos, curó a los paralíticos, a los ciegos y a los mudos, y limpió a los leprosos. Expulsó demonios, calmó la tempestad y alimentó a miles de personas con cinco panes y dos peces. Al final, mientras sus discípulos lo contemplaban, fue arrebatado al cielo de entre ellos. Nunca reprochó nada a los que lo adoraban; al contrario, aceptó su adoración como algo normal. ¿No es esta una prueba innegable de su divinidad?
El difunto C. S. Lewis, profesor de renombre mundial en las universidades británicas de Oxford y Cambridge, era agnóstico y negó la divinidad de Cristo durante varios años. Pero, después de examinar con honestidad intelectual todas las pruebas irrefutables de la divinidad de Cristo, se sometió a Jesús como su Dios y Salvador.
A él le debemos esta astuta observación:
“Intento con esto evitar que alguien diga la verdadera tontería que la gente suele decir de Él: Estoy dispuesto a aceptar a Jesús como un gran maestro moral, pero no acepto su afirmación de ser Dios. Eso es lo único que no debemos decir. Un hombre que fuera simplemente un hombre y dijera el tipo de cosas que dijo Jesús no sería un gran maestro moral. O bien sería un lunático – al nivel del hombre que dice que es un huevo hervido – o bien sería el Diablo del Infierno. Debes elegir. O bien este hombre era, y es, el Hijo de Dios, o bien un loco o algo peor. Puedes hacerlo callar como a un tonto, puedes escupirle y matarlo como a un demonio, o puedes caer a sus pies y llamarlo Señor y Dios; pero no vengamos con tonterías condescendientes sobre que es un gran maestro humano. No nos ha dejado esa posibilidad. No era su intención”.
– C.S. LewisMero Cristianismo
