AL MASIH– ¡El Mesías!
Es un título que no significa mucho para nosotros, a menos que descubramos su verdadero significado. “Masîh” es la forma árabe de la palabra hebrea “mashiah” o, como decimos hoy, Mesías. Sabemos que la traducción griega de esta palabra es “Christos”, es decir, “Cristo”, y sabemos que es uno de los títulos de Jesús. Pero todavía necesitamos entender qué significa.
Si Jesús hubiera nacido entre los incas de Sudamérica, o en Japón, y les hubiera dicho que era el Mesías, ¿cómo habrían reaccionado? No conocían la palabra ni lo que transmitía. Sólo el pueblo judío lo sabía. Esperaban al Mesías. Sólo en su libro se revelaron el nombre y el concepto del Mesías. En la ley de Moisés, el Dios Todopoderoso había exigido que toda persona consagrada para una tarea noble fuera ungida, es decir, que se derramara sobre ella aceite enriquecido con cierto perfume.
Este ritual significaba algo más: que el Espíritu Santo de Dios se derramaba sobre esa persona para capacitarla a cumplir la voluntad de Dios. La mayoría de las veces se realizaba para consagrar a los sacerdotes, profetas y reyes de Israel. Las revelaciones anteriores indicaban proféticamente que alguien especial vendría a establecer el reinado de Dios, no sólo sobre los judíos, sino también sobre todas las demás naciones. Traería la paz de Dios a la tierra.
Dios, por medio del profeta Daniel (alrededor del año 600 a.C.), reveló tanto este título como el momento de la venida del Mesías. Los judíos llevaban mucho tiempo esperando al Mesías, aunque lo rechazaron cuando llegó. Los relatos del nacimiento de Jesús nos muestran que un gran número de judíos devotos esperaban en el templo su aparición. Habían leído y comprendido la profecía de Daniel. Cuando Jesús vino, muchos lo reconocieron como el Mesías. El Corán adopta este título de Jesús sin explicarlo. Para descubrir su significado, debemos recurrir a una fuente disponible: el Nuevo Testamento o Injil. En el Nuevo Testamento, Jesús planteó una pregunta crucial a los fariseos, sus enemigos religiosos. Como es de una importancia primordial para todos nosotros, todavía hoy nos preguntamos: ¿qué piensas del Mesías?
¿Qué piensas del Mesías?
Todo lo demás en la vida fluye de la respuesta que des a esta pregunta, incluida tu felicidad aquí y dónde pasarás la eternidad. Jesucristo, el hijo de María, volverá pronto y, cuando vuelva, te preguntará como preguntó a la gente de su tiempo: “¿Qué pensáis de mí?”.
Soy discípulo de Jesucristo. Soy como tú. Quiero que sepas quién es Jesús. Es importante que nadie te engañe en este tema. Tal vez pienses que es un mero profeta, un buen hombre, un hombre entre muchos otros. Pero él es único. Es incomparable. No hay otra persona como él que haya vivido en este mundo ni que lo haga jamás. Júzgalo tú mismo.
¿Qué opinas de su maravilloso nacimiento?
Nadie había nacido como él. Es Jesús, el hijo de María. Tú eres Ismael hijo de Abraham, Juan hijo de Zacarías, Mahoma hijo de Abdallah. Todos los hombres toman el nombre de su padre. ¿Por qué tomó Jesús el nombre de su madre? Porque no tenía padre terrenal. Nació de la virgen María. Nació por el poder de Dios sin intervención humana.
Setecientos años antes de su nacimiento, el profeta Isaías predijo su venida.
“Por eso, el Señor mismo os dará una señal: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamará Emanuel.” (2)
Todo sucedió exactamente como estaba predicho, como se puede leer en Mateo 1:18-25, una parte del Nuevo Testamento o Injil. Dios creó a nuestro padre Adán de arcilla. Tanto nosotros como los profetas somos hijos de Adán. Somos de este mundo. Jesús bajó del cielo. Se le llama al Manzul: el que desciende. Era puro e inmaculado como la nieve y la lluvia. Todos los demás nacen de este mundo, manchados por el pecado heredado de Adán. No somos pecadores porque pecamos. Pecamos porque somos pecadores, es decir, pecadores por naturaleza. Jesucristo no pecó porque no tenía pecado por naturaleza. No heredó la naturaleza pecaminosa y torcida de Adán.
Leemos que “Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores” (3). Vino a un lugar diferente. Naciste aquí en la tierra. Jesús estuvo en la presencia de Dios antes de descender aquí. Eligió venir a este mundo para salvarnos. “En el principio era el Verbo”. Él era, y Él es esta Palabra (porque la Palabra de Dios es eterna). Tomó para Sí un cuerpo y un alma humanos, y se hizo hombre. Vino de arriba. “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir. Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, … “. (4)
Dos hombres cayeron en el mismo pozo. Uno le dijo al otro: “Sálvame de esta situación. Por favor, sácame de esta suciedad y este barro”. El otro respondió: “No seas tonto. ¿Cómo podría? Estoy en la misma triste situación que tú”. Ambos estaban en el pozo y ninguno podía ayudar al otro. Entonces oyeron una voz que venía de arriba y les decía que se agarraran a la cuerda. El hombre que no había caído al pozo era el único que podía salvar a los otros dos. Les ofreció ayuda desde fuera. Recuerda: el mejor de los profetas no puede salvarnos del pozo del pecado, pero Jesús no tenía naturaleza pecaminosa. Vino de arriba. Dios envió ángeles para anunciar su nacimiento (lee Mateo 1:20 y Lucas 2:9). ¡Esto es maravilloso! Ningún hombre fue concebido como él. Es único por su concepción y nacimiento. Es incomparable.
¿Qué sabes de su carácter?
Nunca pecó. Nunca cometió ninguna falta. Nunca pidió perdón. Todo hombre que teme a Dios debe confesar sus pecados y pedir perdón. David lo había hecho. Abraham lo había hecho. Un profeta dijo que pedía la gracia de Dios setenta veces al día. Puedes examinar la Biblia y el Corán donde quieras y no encontrarás en ninguna parte un versículo en el que Jesús pida perdón. No necesitaba el perdón porque estaba libre de pecado. Sus compañeros más cercanos escribieron sobre él: “No conocía el pecado, no cometía pecado, no había pecado en él”. Eran hombres que le conocían bien. Dios perdonó a los profetas cuando confesaron sus pecados. Pero Jesús no necesitaba perdón. Estaba libre de pecado. Incluso dijo a sus adversarios: “¿Quién de vosotros puede probar que soy culpable de pecado? (5) Ni uno solo de ellos pudo atestiguar un solo pecado en su vida. ¿Quién de nosotros se atrevería a lanzar semejante desafío a nuestros adversarios? Jesús fue llevado ante el juez Pilato y acusado injustamente. Pero Pilato no lo declaró culpable. En cambio, se lavó las manos y dijo: “Soy inocente de la sangre de este hombre”. No hay otro hombre sin pecado. Es el único profeta sin pecado. Es único e incomparable.
¿Qué opinas de sus palabras?
Un día, sus adversarios enviaron soldados y guardias para arrestarlo. Escucharon sus enseñanzas y regresaron sin detenerse. Dijeron con asombro: “¡Nunca nadie ha hablado como ese hombre!”. (6) Piensa en lo que dijo: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.”. (7) Un antiguo amigo musulmán me explicó una vez: “Sabes, hermano, que los profetas son como la luna”. La luna ilumina durante la noche; los profetas trajeron luz a este pobre mundo en tinieblas. Llegan a su plenilunio y luego menguan y desaparecen, pero no temas, otra luna saldrá en su lugar, así vinieron los profetas uno tras otro. Uno transmitió su mensaje, desapareció y dejó su lugar a otro. Cada nación tenía alguna luz de Dios”.
¡Los hombres piensan así! Consideran que las falsas religiones inventadas por los hombres arrojan algo de luz, pero no es cierto. La religión falsa solo profundiza la oscuridad. Da falsas esperanzas a los pecadores moribundos. Pero, en cualquier caso, ¿quién necesita esta luz tenue cuando ha salido el sol? Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo”. Él es como el sol de justicia. ¿Has visto alguna vez que el sol disminuya o se encoja? ¡No! Nunca desaparece. Brilla en todo el mundo. El profeta David escribió en el Salmo 19 que no hay lengua ni pueblo al que no llegue el calor del sol, y lo dice en el contexto de que la verdad sobre la gloria de Dios como Creador habla a todos los corazones. Jesús es como el sol. Las nubes del pecado o de la incredulidad pueden ocultarlo, pero él sigue ahí, brillando sin desvanecerse por encima de esas nubes. Es para todas las naciones y para todo ser humano. Dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí”.
Todos los profetas anteriores que predicaron sobre el Mesías prometido vinieron a mostrarnos el camino hacia Dios. Decían: “Este es el camino que lleva a Dios: sigue esta enseñanza y obedece los mandamientos”. Decían que un día vendría el Mesías y se ocuparía del pecado, la muerte y el infierno. Señalaron a otra persona. No se señalaban a sí mismos.
Pero Jesús dijo: “Yo soy el camino, sígueme”.
Un niño se había perdido en una gran ciudad. Era de otra región y no podía expresarse con claridad. Se dirigió a un policía para pedirle ayuda. El policía respondió: “Sube por esta calle, gira en la segunda a la izquierda y luego en la tercera a la derecha, cruza el puente, y…”. El niño rompió a llorar. El policía le había indicado el camino correcto, pero el chico era demasiado pequeño y estaba demasiado asustado para seguir sus instrucciones. Entonces apareció por la calle un hombre del barrio del niño. Cogió al joven de la mano. El chico estaba tan cansado que no podía caminar. Este hombre lo llevó a casa. El policía le había indicado el camino, pero este otro hombre era el camino. Jesús dijo: “Yo soy el camino que lleva a la casa de mi Padre”. ¿Qué opinas de estas historias? (Lee Lucas 15)
¿Qué te parece esta maravillosa invitación? Él dijo: “Venid a mí todos vosotros que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso”. (8) ¿Qué piensas de sus palabras? Ningún hombre habló jamás como este hombre. Es único, es incomparable. No hay nadie como él ni en el cielo ni en la tierra.
¿Qué opinas de sus nombres y títulos?
Cada profeta tiene su propio título especial. Abraham fue llamado “el amigo de Dios” (khalil Allah). Moisés es llamado “Aquel a quien Dios habló” (kalim Allah). A Jesús se le llama el “Espíritu de Dios” (ruh Allah) o la “Palabra de Dios” (kalimat’ullah). La tradición asigna 201 nombres a Mahoma, entre ellos “Amado de Dios” (habib Allah).
Ahora bien, ¿qué es más amado por una persona: su amigo (habib), su inteligencia, su pensamiento o su palabra, es decir, aquello que expresa lo que esa persona es? Sé sincero y deja que tu propio corazón responda. Sí, Jesús es llamado rûh Allah y kalimat’ullah en el Nuevo Testamento.
Leamos lo que Dios dice de Jesús: “Este es mi Hijo amado. ¡Escuchadle!”. (9) Quisiera hacerte de nuevo esta pregunta: “¿Quién es más amado por una persona, su amigo o su hijo?”. Por supuesto, su hijo. Para distinguirlo de todos los demás, Dios llamó a Jesús su Hijo. (10) ¿Qué quería decirnos Dios? Decimos que un hijo es la imagen de su padre. Cuando vemos a Jesús, sabemos mucho de Dios. Un hijo puede ocupar el lugar de su padre y representarlo. Puede hablar en nombre de su padre. Esto es lo que hizo Jesús cuando fue llamado la Palabra de Dios. Dios habló a través de él. (11) Sus títulos son únicos. Es incomparable.
¿Qué opinas de su poder?
Todo poder y autoridad le han sido entregados. De hecho, no hay obra de Dios que Jesús no haya realizado cuando estuvo en la tierra.
¿Quién puede resucitar a los muertos sino Dios? Jesús resucitó a los muertos. ¿Quién puede curar a los leprosos sino Dios? Jesús curó y purificó a los leprosos. ¿Quién puede abrir los ojos de los ciegos sino Dios? Jesús hizo todo esto. Curaba todo tipo de enfermedades. No despidió a nadie por incurable. Expulsaba a los espíritus malignos con una palabra. Cambió la vida de los hombres, salvándolos del poder y la influencia de sus pecados. Muchos profetas hicieron milagros y curaron a la gente en nombre de Dios, pero Jesús sanó a hombres y mujeres por su propio nombre y su propio poder. Él dijo: “Levántate, recoge tu camilla y anda”. El hombre llevaba treinta y ocho años sin caminar. Se levantó y echó a andar. Nunca usó medicamentos. Sanó a la gente en su propio nombre y por su propio poder.
Un hombre llamado Lázaro murió y fue enterrado. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba cuatro días en la tumba. Jesús fue hasta allí y dijo: “¡Lázaro, sal fuera!”. (12) El muerto salió inmediatamente con vida de aquella tumba. Jesús no nos dejó ninguna duda sobre su poder para resucitar a los muertos. Dijo: “Yo soy la resurrección y la vida”. (13) Se acerca el día en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán. Ese día saldrás de tu tumba, al igual que Moisés, Abraham y todos los profetas. Sin embargo, ahora mismo, Jesús es capaz de darte una nueva vida: la vida de Dios, la vida eterna. Hoy está cambiando la vida de hombres y mujeres en todo el mundo. Él puede transformar tu vida. ¿Qué opinas de su gran poder? Es único, omnipotente e incomparable.
¿Qué piensas de su sufrimiento?
¿Qué opinas de su muerte? ¿Conoces el lugar de tu muerte? ¿Aquí o en otro país? ¿En el mar, en la carretera o en la cama? ¿Cómo vas a morir? ¿Por enfermedad, accidente o muerte natural? ¿Puedes decirme la hora exacta? ¿Qué edad tendrás? ¿Puedes especificar la fecha, el mes y el lugar? ¿Qué ocurrirá después de tu muerte? Tú y yo tenemos que admitir que no sabemos estas cosas. Es Dios quien decide sobre todas ellas. Pero Jesús sabía y predijo dónde iba a morir: en Jerusalén. Predijo cómo ocurriría y dio todos los detalles. (14) Dijo a sus discípulos cuándo iba a morir: en un día de fiesta, cuando cada uno iba a sacrificar un cordero para celebrar la Pascua. Iba a morir como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. (15)
Les dijo que resucitaría al tercer día. Todo esto sucedió exactamente como él había dicho. Él lo sabía; no era como los demás hombres. Nosotros no lo sabemos. Los profetas no lo sabían. Moriremos cuándo, dónde y de la manera que Dios haya decidido. Pero Jesús dijo: “porque entrego mi vida para volver a recibirla. Nadie me la arrebata, sino que yo la entrego por mi propia voluntad. Tengo autoridad para entregarla y tengo también autoridad para volver a recibirla.” (16)
Nunca había pecado y, por tanto, no tenía necesidad de morir. La paga del pecado es la muerte. No tenía pecado. Podía ir al cielo sin morir. Pero eligió morir por su amor a los demás. Dio su vida por nosotros. Murió para que fuéramos perdonados. Murió por nosotros. Él, el Buen Pastor, dio su vida por las ovejas.
Mil años antes de su nacimiento, el profeta David predijo la muerte de Jesús. Describe exactamente la escena de la crucifixión:
“Como agua he sido derramado; dislocados están todos mis huesos. Mi corazón se ha vuelto como cera, y se derrite en mis entrañas. Se ha secado mi vigor como una teja; la lengua se me pega al paladar. ¡Me has hundido en el polvo de la muerte! Como perros de presa, me han rodeado; me ha cercado una banda de malvados; me han traspasado las manos y los pies. Puedo contar todos mis huesos; con satisfacción perversa, la gente se detiene a mirarme. Se reparten entre ellos mis vestidos y sobre mi ropa echan suertes.” (17)
Otro profeta escribió que el Mesías sería:
Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos. Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. (18).
Nadie murió como él. Es incomparable, único entre los hombres.
¿Qué opinas de su victoria sobre la muerte?
Tras su muerte, su cuerpo fue depositado en una tumba, firmemente cerrada y custodiada por sus enemigos. Resucitó y se mostró vivo a sus discípulos, a Pedro, a María y luego a más de quinientas personas. Resucitó, como había predicho. Dios quería mostrar a todos que había aceptado la obra de Jesús. Toda esta gente lo vio. Lo tocaron. Comieron y bebieron con él después de su resurrección. Les mostró las heridas de sus manos, sus pies y su costado.
La muerte es un gran enemigo. Tú morirás. Yo moriré. Los profetas murieron y permanecieron muertos. Podemos visitar las tumbas de algunos de ellos. Sus tumbas son testimonio de que la muerte los venció. Alabado sea Dios, Jesucristo venció a la muerte. Podrías visitar su tumba, pero nunca encontrarás allí el polvo de su cuerpo. Hoy está vivo. Él puede salvar a todos los que se acercan a Dios por medio de él, porque vive para interceder por ellos. ¿Hay algún otro profeta que resucitara de la muerte? Sólo Jesucristo resucitó físicamente de entre los muertos. Es único e incomparable. No hay nadie como él ni en la tierra ni en el cielo.
¿Qué piensas de su ascensión?
En Hechos 1:9-11 leemos:
Habiendo dicho esto, mientras ellos lo miraban, fue llevado a las alturas hasta que una nube lo ocultó de su vista. Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se alejaba. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre vosotros al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo habéis visto irse.”
En Filipenses 2:6-11 se explica sobre Jesús que:
quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y, al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra,y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
Ahora bien, si yo preguntara a la comunidad judía a quién le gustaría ver ocupar el lugar más alto en el cielo, probablemente respondería: “Moisés”. Si hiciera la misma pregunta a los musulmanes, dirían: “Mahoma”. Si la hiciera a los cristianos, dirían: “Jesús”. Sin embargo, Dios no ha consultado ni a judíos, ni a musulmanes, ni a cristianos. Él decidió quién tendría el primer lugar en el cielo. Dios exaltó a Jesús y le dio un nombre que está sobre todo nombre. Esta es la obra de Dios: toda rodilla debe doblarse ante él.
¿Qué piensas de su regreso a este mundo?
Un día Él volverá, como dijo. (19) Los ángeles lo repitieron. (20)
Todos los discípulos de Cristo lo esperan. Los musulmanes creen que volverá para gobernar. Pero él regresará para llevar a su pueblo a estar con él en el cielo. Vuelve para reinar sobre toda la tierra. Él es el Rey de esta tierra. Debe prevalecer hasta que todos sus oponentes estén bajo sus pies. Algunos dicen que reinará cuarenta años. Dios dice que es Rey de reyes y Señor de señores, y que reinará para siempre sobre un cielo nuevo y una tierra nueva. Creo en Dios.
Sí, él va a volver. Todos reconocerán que él es el Rey de reyes y el Señor de señores. Viene. Estarás ante él. Él será tu juez. Cuando lo veas cara a cara, te preguntará: “¿Qué pensabas de mí?”. ¿Cuál será tu respuesta? Si dices: “Creí que era sólo un profeta entre otros”, él te preguntará igualmente por qué no has seguido sus mandamientos, y serás condenado porque creíste que era simplemente un profeta entre muchos otros, cuando es verdaderamente incomparable, el único Salvador.
¿Quién vendrá a reinar? ¿Será Moisés, Abraham, David u otro profeta? No, el Señor Jesús volverá y él será el juez. Dios da esta seguridad a todos los seres humanos al resucitarlo de entre los muertos. Él vendrá y todos los ojos lo verán.
Hoy, a través del Evangelio, del Injil, él dice: “Venid a mí… y yo os haré descansar”. (21) Él te llama hoy. Cuando llamó a sus primeros discípulos, dejaron sus casas, sus padres, sus trabajos y todo lo que tenían para seguirlo. Te llama para que lo sigas. Te invita a confiar en él, a creer en él como tu Salvador y a entregarle toda tu vida como tu Señor. Lo pide todo. Si él es quien dice ser, su derecho a tu confianza y obediencia sin reservas y de todo corazón es absoluto.
Es único e incomparable por su nacimiento, su vida y su carácter ejemplar, sus títulos singulares, sus palabras maravillosas, su poder supremo, sus sufrimientos y su muerte. Vive hoy y está con los que creen en él. Él intercede en el cielo por los que creen en él. Volverá pronto. No hay nadie como él ni en el cielo ni en la tierra. Por eso te invita a aceptarlo como Rey y Señor de tu vida.
Referencias a las Sagradas Escrituras: (1) Mateo 22:24; (2) Isaías 7:14; (3) 1 Timoteo 1:15; (9) Lucas 9:35; (11) Hebreos 1:3; (12) Juan 11:35; (13) Juan 11:25; (14) Lucas 11:25; (15) Juan 1:29; (16) Juan 10:18; (17) Salmo 22:14-18; (18) Isaías 53; (19) Juan 14:1-3; (20) Hechos 1:11; (21) Mateo 11:28
Una publicación de LIFE CHALLENGE de R. C. Marsh, editada por David Harding
