¿Podemos estar realmente seguros de que Jesús venció a la muerte? ¡Sí! porque ha resucitado de entre los muertos!
Con la resurrección de Jesús, Dios dijo al mundo entero que estaba plenamente satisfecho con el sacrificio realizado por Cristo en nuestro favor y que había quitado la pena de muerte eterna que pesaba sobre nosotros.
La resurrección demuestra que la muerte no pudo con Jesús. Muestra que Dios, el justo Juez, consideró pagado el precio del castigo que merecíamos. El problema de nuestros pecados ha sido resuelto. Jesús frustró los planes de Satanás, rompió los lazos de la muerte y liberó a los cautivos del infierno.
Cualquiera que haya experimentado esa despedida final junto a la tumba de alguien a quien ama de verdad sabe que la muerte es un enemigo formidable e implacable. Sin embargo, ante la muerte, el cristiano tiene la seguridad de que hay una vida feliz después de la muerte. Esta seguridad sólo proviene del hecho de que Jesucristo venció a la muerte mediante su triunfante resurrección.
La bendita resurrección del que cree en Jesús es tan segura como la de Jesús.
Cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido devorada por la victoria». «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» El aguijón de la muerte es el pecado; y el poder del pecado es la ley. ¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! (El Injil, 1 Corintios 15:54-57).
Por lo tanto, puesto que Jesús ha vencido a la muerte, puede resucitar de la muerte espiritual a los que creen en Él. En otras palabras, los salva, les da un corazón nuevo como primera entrega de la vida eterna. Ya no son sus enemigos como antes porque el problema de sus pecados ha encontrado su solución en Jesús. Jesús se hizo cargo del castigo que merecían, es decir, la ira de Dios y la muerte eterna en el infierno.
Porque Jesús venció a la muerte, habrá un día de resurrección. Todos los muertos resucitarán y comparecerán ante Dios para ser juzgados. Sin embargo, para los cristianos, este día será el de la recompensa, no porque merezcan su salvación, sino sólo porque se arrepientan y crean en la obra realizada por Cristo en su favor. Por eso Jesús tranquiliza a todos los que creen y depositan toda su confianza en Él, recibiéndole como Señor y Salvador:
“No os angustiéis. Confiad en Dios, confiad también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya os lo habría dicho. Voy a prepararos un lugar. Y, si me voy y os lo preparo, vendré para llevaros conmigo. Así estaréis donde yo esté. Vosotros ya conocéis el camino para ir a donde yo voy.”
Continúa con una pregunta:
Dijo entonces Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas, así que ¿cómo podemos conocer el camino? “Yo soy el camino, la verdad y la vida,” le contestó Jesús. “Nadie llega al Padre sino por mí.” (El Injil, Juan 14:1-6).
