¿Sabes que Mahoma es tu profeta y no el mío? No creo en todo aquello que tú piensas de él. Ciertamente Mahoma dijo muchas cosas buenas sobre Jesús, y si yo reconociera su cargo como verdadero profeta me convertiría en musulmán.
En cambio, creo que Jesús es la última palabra de Dios para este mundo. Los cristianos vemos en Jesús la revelación definitiva de Dios revelado en carne humana. No podemos creer que pueda haber una revelación de Dios más completa que la de Cristo.
Los musulmanes y los cristianos coinciden en que la venida de Cristo fue a menudo el sujeto de las profecías del Antiguo Testamento. Si Dios hubiera querido enviar a un profeta superior a él, con toda seguridad habríamos tenido las mismas profecías acerca de este profeta. En relación con Cristo, Dios se aseguró de que reconociéramos al Mesías prometido: su linaje, concepción milagrosa, la ciudad de su nacimiento, los detalles de su vida, luego de la traición de la que fue objeto, el rechazo que sufrió y su crucifixión se presentan con tal detalle que no puede haber error. Jesús es el Mesías.
Sin embargo, en el caso de Mahoma, no hay rastro de la menor profecía sobre él. En cualquier caso, no es necesario que venga otro profeta después de Jesús. Tras la desobediencia de Adán y Eva contra Dios, el pecado y la maldición entraron en este mundo. Se rompió la comunión entre el hombre y Dios. Sin embargo, Dios, lleno de compasión y amor, prometió enviar a un Salvador (no sólo un profeta) para salvar a la humanidad. Los hombres y las mujeres intentan librarse del juicio de Dios, apoyándose en sus buenas obras, pero la palabra de Dios afirma que nadie puede agradar a Dios, sea cual sea la calidad de su vida. Es imposible que hagamos lo suficiente para eliminar nuestros propios pecados. No tenemos remedio. Este Dios compasivo, sabiendo que sólo hay una manera de resolver nuestro problema, decidió resolverlo él mismo. Más que un gran profeta, necesitamos un Salvador que quite nuestros pecados.
Todos los profetas, Noé, Abraham, Moisés, David y otros, sólo nos recuerdan la promesa divina. Profetizaron y describieron para nosotros, con mucho detalle, al Salvador prometido. Así fue como, al ver a Jesús, el profeta Juan el Bautista pudo exclamar alto y claro que era el Salvador prometido, el cumplimiento de la promesa hecha a Adán y Eva. Así pues, desde el momento en que vino este Salvador prometido, ¿por qué habríamos de esperar otro? Las promesas de Dios se cumplieron. Su manera de salvarnos del pecado fue revelada y llevada a cabo perfectamente.
Un padre en el Reino Unido tenía un hijo que estudiaba en una universidad de los Estados Unidos. Con motivo de su permiso semestral, su padre quiso invitarle a asistir a una gran boda familiar. Consciente del elevado coste del billete de avión, el padre había decidido ofrecérselo.
A continuación, le envió una carta en la que le informaba de su intención de comprar el billete y enviárselo por correo lo antes posible. Así que su hijo no debía preocuparse por el coste del billete. Sólo tenía que esperar para recibir el que le enviaría.
Luego, en una segunda carta, repitió su promesa: “¡Ten paciencia! Espera mi próxima carta”, dijo el padre al hijo, “el billete estará en ella”.
Llegó una tercera carta, el hijo la abrió y encontró la nota prometida, con las palabras: “Te veré pronto. Disfruta del viaje. No olvides guardar bien el billete”. El hijo se alegró mucho y empezó a prepararse para viajar.
Luego llegó otra carta.
Le asombra la cuarta carta. La firma al pie parecía ser la de su padre, pero el contenido no concordaba en absoluto con lo anterior. Se le dice, en concreto, que su billete ya no es válido, que debe tirarlo y hacer algo para conseguir el dinero para comprar uno nuevo él mismo ¡con su propio dinero!
¿Qué debe hacer ahora?
¿Debe ignorar las tres primeras cartas y seguir las instrucciones de la cuarta? El problema es que el tono y el contenido de la cuarta desentonan totalmente con las tres primeras cartas. ¿Su padre ha cambiado completamente? Es como si fuera otro hombre diferente.
Lo mismo ocurre con los discípulos de Jesús. La Biblia contiene la Torá, el Zabor, los escritos de todos los profetas… y finalmente el Evangelio. Estos libros son como muchas cartas de Dios para todos los hombres. Nos enseñan que nuestros pecados nos privan de la paz de Dios y que no podemos redimirlos con nuestras buenas obras para ir al cielo. Pero a esta “mala noticia” le sigue una “buena noticia”. Dios, en su bondad, prometió que proveería para nuestra salvación, que vendría un Salvador. Todos los profetas del Antiguo Testamento, Abraham, Noé, Moisés y David, dieron testimonio de este plan de Dios. Isaías dice incluso que este Salvador tomaría sobre Si el castigo merecido por nuestros pecados.
El Evangelio, última carta de Dios, nos revela cómo Dios ha guardado y cumplido su promesa: el Salvador ha venido, el camino está abierto a todos los hombres de todos los tiempos, la salvación, el acceso al Paraíso son gratuitos para todo aquel que cree.
Como el hijo del cuento, ¿es posible que los cristianos olviden todas las promesas de las cartas enviadas por Dios? ¿Debería seguir las instrucciones de una nueva carta que les recomendaría pagar su propio billete de entrada al Paraíso? Si reconozco la escritura de mi Señor y Padre que me dice que envía a alguien para salvarme y darme la seguridad del perdón y del cielo, ¿por qué habría de buscar otro camino? Si Jesús está en el corazón del plan de Dios para salvar a los pecadores, no puedo aceptar ninguna nueva instrucción que lo margine.
La trilogía de El Señor de los Anillos no necesita un cuarto volumen que la complete: la victoria fue total. La Guerra de las Galaxias no necesita un séptimo episodio: los seis volúmenes abarcan la historia en cuestión desde sus orígenes hasta la victoria sobre la oscuridad. Del mismo modo, el cristiano no necesita un nuevo libro ni un nuevo profeta, ya que Jesús revela a Dios en toda su plenitud. Ha vencido al mal y al Maligno (Satanás). Al gritar en la cruz: “¡Consumado es!”, Jesús quiso decir que no había nada más que cumplir. Por eso, en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, Jesús advierte que ya no hay nada más que decir ni hacer.
Por lo tanto, no podemos aceptar que después de Jesús no hay nada más que hacer, ni nadie más por venir.
