¿Cómo empezó todo?
Todo lo que Dios creó en este mundo era bueno y perfecto. Había suficiente comida y bebida para todo ser viviente. En este entorno bendito y agradable vivieron Adán y Eva, el primer hombre y la primera mujer. Dios les dijo que mientras vivieran obedientemente, vivirían para siempre, pero en caso de desobediencia morirían con seguridad.
Dios quería que fueran sus amigos, que cuidaran del planeta Tierra y de todo lo que contenía. Dios les había dado un don precioso: el libre albedrío. No los creó como robots ni máquinas que lo amarían y lo obedecerían automáticamente. El verdadero amor es siempre una elección libre. Este don del libre albedrío es una de las principales diferencias entre los seres humanos y los animales. Esto significa que hombres y mujeres pueden elegir voluntariamente entre lo verdadero y lo falso, el bien y el mal. Pueden elegir amarse o no amarse mutuamente, hacer lo que Dios quería o hacer lo que les placiera, vivir para Dios o centrarse solo en sí mismos.
En el caso de Adán y Eva, eligieron deliberadamente desobedecer a Dios. Querían gobernar sus propias vidas y tomar sus propias decisiones sin interferencias externas, especialmente de parte de Dios. Se convirtieron en amantes del placer en lugar de amantes de Dios.
¿Por qué lo hicieron?
El mal tiene por padre al diablo, también llamado el Maligno. Aunque hoy todos creemos en la existencia del mal, la creencia en la existencia del diablo está claramente en declive. Pensamos en él como en un personaje de dibujos animados: ¡un monstruo cómico con cuernos y cola bífida!
La Biblia nos exhorta a tomar en serio al diablo. Lejos de ser un personaje cómico, el diablo era un ángel glorioso en el cielo. Su nombre era Lucifer, que significa “el portador de la luz”. Más tarde, se volvió orgulloso y celoso hasta el punto de querer la igualdad con Dios. A causa de ello fue desterrado de la presencia de Dios y desde aquel día hace todo lo posible para apartar a los hombres y mujeres de Dios.
Fue el diablo, comúnmente llamado Satanás, quien tentó al mal al primer hombre y a la primera mujer y los llevó a desobedecer a Dios.
Y así el pecado y el mal entraron en nuestro mundo y se extendieron a toda la humanidad.
Al principio, Adán y Eva caminaban en estrecha comunión y amor con Dios. Cuando desobedecieron, el pecado se convirtió en una barrera entre ellos y su Creador. Como consecuencia, un gran abismo los separó de Dios. Es lo que llamamos “muerte espiritual”. Como Adán ya estaba muerto espiritualmente, también murió físicamente algunos siglos después.
Desde lo ocurrido en el jardín del Edén, todos nacemos separados de Dios. El profeta David escribió que era pecador desde su nacimiento. Dios es santo y nosotros somos pecadores; por eso estamos separados de él. Isaías también afirma que son los pecados del pueblo los que lo separan de Dios.
Desde el momento en que las personas deciden escuchar las mentiras del diablo, siguen su camino malvado y egocéntrico. Esto explica todos los delitos, la maldad y el sufrimiento que se extienden por este mundo. Por eso hay tanta maldad, tantas relaciones rotas, tanto egoísmo y tanta codicia. Por naturaleza, todos estamos más centrados en nosotros mismos que en Dios. “De hecho, no hay distinción, pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Injil, Romanos 3:22-23). Todos estamos afectados por esta “enfermedad” espiritual, que no solo nos afecta a nosotros, sino también a todos aquellos con los que entramos en contacto. La Biblia llama a esta enfermedad pecado. Eso es lo que le pasa a este mundo, y te concierne a ti tanto como a mí.
Así pues, por naturaleza estamos separados de Dios. Esta fue una consecuencia inevitable de nuestra desobediencia. Toda persona es pecadora en su corazón. Aunque a veces alguien tenga apariencia exterior de piedad, no escapa a los pecados que comete por motivos interiores, palabras o pensamientos.
