Un amigo me dijo una vez: “¡Me gustaría mucho saber dónde voy a pasar la eternidad! Por desgracia, en este momento no puedo decir si voy camino del cielo o del infierno. En mi opinión, llevo una vida decente y religiosa, pero tengo que esperar hasta el Día del Juicio para saber qué lugar me tiene reservado Dios… Mientras tanto, solo me queda esperar, en suspenso, sin saber”.
“¿No sería maravilloso -respondí- tener la certeza absoluta, ahora mismo, de que será el cielo y no el infierno después de la muerte?”.
“¡Imposible! Nadie puede estar seguro de ir al paraíso”, dijo, “dime, ¿conoces a alguien que esté seguro de ir?”.
“¡Sí!”, respondí. “Yo lo estoy”.
“¿Cómo te atreves a decir eso?”, gritó. Esto puso fin a nuestra conversación y nos separamos.
Puede que pienses o digas lo mismo que este amigo. Bien, en respuesta a la pregunta “¿Podemos estar seguros de ir al cielo?”, te invito a leer atentamente la historia del ladrón que fue al cielo.
Esto se encuentra en Lucas 23:39-43.
1. Un criminal fue al cielo
Eran las nueve de la mañana del día en que Jesús fue crucificado. Con él, en el mismo momento, fueron crucificados también dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda. Estos dos infractores de la ley eran probablemente miembros de un grupo de bandidos cuyo jefe no era otro que el tristemente célebre Barrabás. Era un grupo de criminales despiadados, insaciables, codiciosos, avariciosos, crueles y malvados, que sembraban el terror por donde pasaban. A Barrabás se le llama específicamente asesino.
Desde las 9 de la mañana hasta el mediodía de aquel día, los transeúntes maldijeron y se burlaron de Jesús. Los dos criminales crucificados con él le insultaron de la misma manera. Y a esa misma hora, a pesar de todo lo que estaba sucediendo, Jesús prometió que uno de estos malhechores iría al cielo. Una promesa que implica que algo extraordinario sucedió en la vida de este moribundo en el intervalo de estas tres horas (desde las 9 de la mañana hasta el mediodía).
¿Qué pasó? De repente, el ladrón se dio cuenta de la grandeza y santidad de Dios. Comprendió que era culpable y tomó conciencia del horror de su pecado. Se dio cuenta de que ese Jesús al que insultaba no era otro que el Rey puro, perfecto y sin pecado. Al comprenderlo, empezó por primera vez en su vida a orar al único Dios verdadero, diciendo a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Con estas palabras, el criminal ejerció la fe. Jesús le respondió: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Evangelio según Lucas 23:43). En griego, la expresión “Te aseguro” significa “puedes tener certeza”, o “es incontestable, es inmutablemente cierto”. Como ves, a este hombre, malhechor por su condición, se le dice ese mismo día que irá al cielo: no mañana, ni después de la muerte, ni en el día del juicio, ¡sino hoy! Eso es todo lo que Jesús tuvo que decirle, y fue suficiente.
Hoy: ¡Qué rápido!
Conmigo: ¡Qué compañía tan maravillosa!
En el paraíso: ¡Qué alegría y qué inmensa felicidad!
Justo antes de su muerte, Jesús había dicho en una de sus últimas palabras en la cruz: “Todo se ha cumplido” (Juan 19:30). ¿Qué se había cumplido? Jesús tomó en su carne el castigo reservado para nuestros pecados. Sufrió en todo su ser (cuerpo y alma) en lugar de todos aquellos que ponen su confianza en quién es él y en lo que ha hecho por ellos. En aquella cruz se cumplió todo lo necesario para salvarnos. En cuanto puso su espíritu en manos de su Padre, Jesús fue a su presencia en el paraíso. Y llegó allí poco antes que el ladrón. Estaba allí esperando para dar la bienvenida al ladrón moribundo cuando ese hombre cruzó el río de la muerte hacia el cielo.
¡Qué noticia tan maravillosa! Esto significa que todos tus pecados pueden ser perdonados, que tú también puedes estar con Cristo, incluso hoy en el paraíso.
2. Pero, ¿cómo llegar?
Jesús es el único camino. Él dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Piensa por un momento en el delincuente. ¿Le prometió Jesús el paraíso por sus buenas obras? ¿Tuvo tiempo de poner en orden su vida pasada o de enmendar lo que había hecho? ¡No! Nunca habría podido hacerlo aunque se le hubiera dado la oportunidad de bajar de la cruz, porque ese día, a las tres de la tarde, estaba muerto. ¿Daba limosna a los pobres? ¿Ayunó? ¡No! Y esto debería ser una advertencia para cualquiera que piense que llegará al cielo haciendo buenas obras. Todas estas cosas son nobles y no son malas en sí mismas, pero en ningún caso pueden abrirnos la puerta del paraíso. Así que…
¿Debemos ser alguien especial para ir al paraíso? ¡No!
¿Debemos estar en un lugar sagrado? ¡No!
¿Debemos pronunciar las palabras consagradas? ¡No!
¿Debemos hacer muchas cosas buenas para impresionar a Dios? ¡No!
¿Quién puede ir al paraíso?
Como se ha dicho, Cristo ya está allí. Está ahí porque es su derecho. Él no tiene pecado. Sin embargo, también prometió que todos aquellos que se acerquen a él, que se aferren a él, que crean en lo que ha sufrido en la cruz, estarán con él en el cielo. Creer en él es la única condición.
3. Desde el momento en que estoy seguro de que iré al paraíso, ¿por qué no vivir como me plazca?
Mucha gente dice: “Si alguien sabe que va a ir al paraíso, puede vivir como quiera, porque pase lo que pase irá al cielo”. La Biblia responde a esta pregunta diciendo:
¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él? Romanos 6:1-2
La muerte y resurrección de Cristo es la culminación del plan perfecto de Dios para salvar a los pecadores y liberarlos de la esclavitud del pecado. La Biblia nos enseña que, tan pronto como un pecador pone toda su confianza en Cristo y lo recibe como Señor y Salvador, tres cosas importantes tienen lugar en su vida:
Dios perdona todos sus pecados.
No olvidemos que Dios es santo, recto y justo. No puede pasar por alto el pecado. Debe castigar nuestras malas acciones. Pero Jesús asumió el castigo que merecemos. Él pagó el precio. Por eso la Biblia dice: “Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús” (Romanos 8:1).
Son liberados del poder (o dominio) del pecado.
Dios, a través de su Espíritu Santo, viene a habitar en esta persona y le da un corazón nuevo. Entonces surge una mirada nueva y radical sobre la vida. Esta persona comienza a odiar el pecado y, a partir de ese momento, el deseo de hacer lo que es bueno, verdadero y justo se convierte en el centro de sus pensamientos. “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (2 Corintios 5:17). La Biblia también dice: “En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas.” (Gálatas 5:22-23). A partir de ahora, estas virtudes caracterizarán la vida de la persona que ha sido renovada desde dentro.
Será liberado de la presencia del pecado.
Un día, Jesús volverá para juzgar al mundo. Ese día castigará a todos los que le han rechazado, recompensará a todos los que han obedecido sus mandamientos y los librará para siempre de la presencia del pecado.
Por tanto, quien diga: “Me han sido perdonados los pecados, voy a ir al cielo, así que no importa lo que haga”, demuestra con ello que no es cristiano. No muestra ninguna evidencia de la obra del Espíritu Santo.
¡Seguro del cielo!
¿Es posible? Sí. Puedes estar seguro de ir al cielo. Tu destino eterno no depende de tus buenas o malas obras. Ir al cielo es un don gratuito de Dios. Este don se ofrece gratuitamente a todos, pero se recibe por la fe en Jesucristo. La Biblia dice: “Porque por gracia habéis sido salvados mediante la fe; esto no procede de vosotros, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.” (Efesios 2:8-9).
¿Estarás en el cielo?
Dios nos ha dado un camino para liberarnos del dominio del pecado y escapar a su justo juicio. El camino del cielo está trazado ante nosotros. En el paraíso no hay pecado, enfermedad ni dolor.
Esto es lo que Jesús dijo a todos los que creen en él: “En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya os lo habría dicho. Voy a prepararos un lugar. Y, si me voy y os lo preparo, vendré para llevaros conmigo. Así estaréis donde yo esté.” (Juan 14:2-3).
Puedes entender por esta promesa por qué el cristiano no tiene miedo del juicio de Dios. Por el contrario, espera el regreso de Cristo con gran esperanza. A su regreso, Jesús enviará al infierno a todos los que han rechazado su oferta de salvación gratuita y se llevará consigo al Paraíso a todos los que le pertenecen. Jesús vivió una vida intachable que tú y yo deberíamos haber vivido y venció al pecado, a la muerte y al infierno donde nosotros hemos fracasado. Se burlaron de él y fue crucificado, pero todo esto cumplió el plan de salvación de Dios para salvarnos de nuestros pecados.
¿Confesarás en este momento ante Dios que eres culpable y entregarás tu corazón y tu vida a Jesucristo para ser limpiado del pecado y recibir un corazón nuevo? Una vez que hagas esto (como este malhechor), comenzarás a caminar en novedad de vida. Dios también te reservará ese lugar en el Paraíso.
¡Qué maravilloso Salvador poseo!
