Jesús dijo repetidamente a sus discípulos que moriría y resucitaría. Podríamos citar numerosos pasajes, pero nos limitaremos a las siguientes citas de los Evangelios (Injil).
Cuando llegó a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que Jeremías o uno de los profetas”. ”Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” afirmó Simón Pedro. “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás” le dijo Jesús, “porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo…” Desde entonces comenzó Jesús a advertir a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas a manos de los ancianos, de los jefes de los sacerdotes y de los maestros de la ley, y que era necesario que lo mataran y que al tercer día resucitara.
(El Injil, Mateo 16:13-17 y Mateo 16:21)
Más tarde, yendo a Jerusalén, tomó aparte a sus discípulos, y les dijo en el camino:
“Ahora vamos rumbo a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen. Pero al tercer día resucitará.“
(El Injil, Mateo 20:18-19)
En el mismo capítulo, Jesús revela la razón última de su venida a la tierra: “no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (El Injil, Mateo 20:28).
Más adelante explicaremos la razón por la que murió Jesús, pero por ahora está claro que su misión principal era morir en la cruz. Al acercarse su crucifixión, anticipó la agonía que debía soportar, y dijo:
“Ahora todo mi ser está angustiado, ¿y acaso voy a decir: ‘Padre, sálvame de esta hora difícil’? ¡Si precisamente para afrontarla he venido!“
(El Injil, Juan 12:27)
Es evidente que los discípulos no inventaron la historia de su muerte. De hecho, estuvieron tristes y abatidos hasta que volvieron a verle tras su resurrección. Se les apareció varias veces durante un período de 40 días, proporcionándoles pruebas de su resurrección. Los preparó explicándoles que su muerte y resurrección eran el cumplimiento de lo que habían predicho sobre él todos los profetas de Dios:
Luego les dijo: “Cuando todavía estaba yo con vosotros, os decía que tenía que cumplirse todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.” Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras. “Esto es lo que está escrito”, les explicó: “que el Cristo padecerá y resucitará al tercer día, y en su nombre se predicarán el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén.
(El Injil, Lucas 24:44-47)
¿Qué ocurre entonces con el argumento de que Dios no podía permitir que su profeta muriera a manos de gente malvada? Hay que revisarla y rechazarla. El Nuevo Testamento (Injil) explica que no fue por debilidad por lo que Dios permitió que Cristo fuera crucificado, sino por amor. Nadie ‘quitó’ la vida a Jesús, ni siquiera los judíos y romanos que se comprometieron a matarle.
No es posible que estemos de acuerdo con el dicho de que no lo mataron, sino que sólo pareció suceder. Sin embargo, estamos de acuerdo en que Jesús dio su vida libremente. Podría haber evitado la muerte. Sabía que Judas le estaba traicionando. Sabía que vendrían al Huerto de Getsemaní y lo arrestarían. Jesús dijo:
Por eso me ama el Padre: porque entrego mi vida para volver a recibirla. Nadie me la arrebata, sino que yo la entrego por mi propia voluntad. Tengo autoridad para entregarla y tengo también autoridad para volver a recibirla.
(El Injil, Juan 10:17-18)
Sí, Jesús podría haberse salvado si hubiera querido. Había realizado muchos milagros extraordinarios en la tierra, pero hemos visto que dio su vida como rescate de muchos. En otras palabras, vino a morir en nombre de aquellos que creerán en él.
Cuando Judas llegó con los soldados para arrestarlo, Él les dijo a Sus discípulos que deseaban defenderlo con espadas, que Él podría haber recurrido a doce legiones de ángeles para que lo ayudaran y destruyeran a todos estos malvados que odiaban a Dios. El dijo:
“¿Crees que no puedo acudir a mi Padre, y al instante pondría a mi disposición más de doce batallones de ángeles? Pero, entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras que dicen que así tiene que suceder?” Y de inmediato dijo a la turba: “¿Acaso soy un bandido, para que vengáis con espadas y palos a arrestarme? Todos los días me sentaba a enseñar en el templo, y no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumpla lo que escribieron los profetas.” Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que habían arrestado a Jesús lo llevaron ante Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los maestros de la ley y los ancianos.
(El Injil, Mateo 26:53-57)
Jesús eligió morir porque sabía que sólo a través de su muerte podría tener éxito el plan de Dios para salvar a su pueblo de su pecado. O ellos deben pagar por su pecado, o Él debe dar Su vida sin pecado a cambio de sus vidas pecaminosas. Sabía que había llegado el momento y, a pesar de la vergüenza y el dolor, dio su vida por amor.
Es asombroso que algunas personas lloren de pena y admiración si alguien, en un acto de increíble valentía, da su vida para salvar a un niño, o a alguna otra víctima. Y, sin embargo, ¡piensan que Dios nunca tendría un plan de amor por nosotros como para venir al mundo y entregar Su vida como Hombre!
Sin embargo, recordamos que Jesús nunca dijo que escaparía de la muerte. No sólo profetizó o predijo su muerte, sino que a través de ella vencería a la muerte. Más tarde, desde los cielos, el Cristo victorioso declaró:
“No tengas miedo. Yo soy el Primero y el Último, y el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno.”
(El Injil, Apocalipsis 1:17-18)
